viernes, 23 de junio de 2017

Pueblo Fantasma de Mengollo (Asturias).



Abril de 1.854: el cura párroco de Casares descubre que todos los habitantes del pueblo de Mengollo, en Quirós, habían muerto. Era una veintena de cadáveres. El cura visitaba el pueblo después de meses, pues las nieves lo dejaban aislado durante el duro invierno. Cuando llegó a un alto desde donde se divisaba el pueblo no se dio cuenta de que las chimeneas no humeaban. Según se fue aproximando, le extrañó el silencio. Cuando estaba cercano a las casas encontró un vecino sin vida. Asustado, se encaminó hacia las viviendas, cuando la imagen le sobrecogió. Más cuerpos inertes en el exterior. Entró en las viviendas gritando, para encontrarse a todos sus feligreses muertos. Describió de esta manera lo encontrado:


Las pinas callejas del pueblo estaban pobladas de cadáveres. La puerta de la iglesia permanecía abierta y tres o cuatro vecinos, en estado de putrefacción, yacían dentro, abrazados a los santos. Y los niños de pecho que había en el lugar estaban también muertos, abrazados a sus madres, que estaban tiradas entre la nieve que aún había en Mengoyo». La escena era dantesca y trágica.

Allí inspeccionaron los cadáveres, no había signos de violencia, y después de muchas deliberaciones atribuyeron las muertes al consumo del pan. Algo envenenó el alimento. Un cerdo permanecía muerto con restos de pan en su estómago.


La sabiduría popular acusó a la salamandra de ser la causante de envenenar el agua con que se elaboró la masa. También se dice que pudo haber sido a consecuencia de una planta venenosa que crece entre la escanda, y esta estaba mal cribada, el bollo fue echo con este cereal, En la Semana Santa era de costumbre elaborar pan de dulce y un vecino lo hacía comunalmente para todo el pueblo se sirvió después a todos los vecinos y perecieron envenenados.


Una fosa común albergó aquellos cuerpos en aquel mismo lugar. Los vecinos de Villagondu se llevaron la panera a su pueblo, y todavía permanece allí como testigo de una catástrofe. Las autoridades decidieron quemar el pueblo para eliminar todo peligro de infección por la peste u otra enfermedad. Así desapareció el pueblo de Mengollo. Durante años, los ganados no se enviaban a aquellos pastizales y la maleza se adueñó de aquel lugar, antaño poblado. Las ruinas de tres casas, entre helechos, en Mengollo, junto con varias construcciones auxiliares, son el testigo mudo de un misterio sin resolver.

domingo, 11 de junio de 2017

La Casa del Duende



La Casa del Duende estaba situada entre las calles Duque de Liria, Mártires de Alcalá y la plaza Seminario de Nobles. Esta casa, al igual que otras muchas de la época, fue construida en las primeras décadas del siglo XVIII por orden del rey para ser arrendada a sus criados, lacayos y personal de confianza. La casa pasó por varias manos, hasta que fue alquilada por unos hombres que la utilizaban por las noches como centro de reunión para juegos y grandes apuestas de dinero.


Fue entonces cuando una noche se originó una discusión entre varios de ellos y de repente se abrió una puerta interior y apareció un hombre bajito muy barbudo que les impuso silencio. Al principio se callaron pues estaban todos desconcertados con la aparición de aquel duende misterioso, pero cuando terminaron de indagar quién podía ser y cómo podía haberse colado en la casa, como quiera que fuera la cosa volvieron a enzarzarse en la discusión que habían suspendido. Sin saber cómo ni de dónde salieron, media docena de enanos armados con garrotas se abalanzaron sobre los jugadores y los golpearon. Los hombres salieron huyendo y nunca más volvieron al lugar.

Tiempo después, la casa fue comprada por doña Rosario de Benegas, marquesa de Hormazas, que se instaló en la segunda planta. Andaba la marquesa todavía con el traslado e intentando adecuar la decoración a sus gustos, cambiando cortinajes y demás detalles, cuando echó en falta un cortinón y una imagen del Niño Jesús en su cuna que había traído de su anterior domicilio. Enfadada por el extravío, se encontraba la marquesa dando una buena reprimenda a sus sirvientes cuando, de forma sorpresiva, entró en la habitación un enano con la imagen del Niño Jesús en sus manos y, tras éste, cuatro enanos más portando el cortinón que le faltaba. La marquesa no tardó ni dos días en poner pies en polvorosa, poniendo la casa a la venta sin tan siquiera haber vivido en ella.


La casa quedó deshabitada durante un tiempo, como en otras ocasiones entre compra y compra hasta que se instaló en ella don Melchor de Avellaneda, un canónigo de Jaén. Un buen día, cuando escribía al obispo de su diócesis para pedirle cierto libro del padre Tineo que necesitaba para sus sermones, justo antes de rubricar la carta, levantó la vista y vio asombrado como ante él aparecía un enano vestido con un traje de monaguillo que portaba en sus manos el libro que en ese mismo momento estaba pidiendo al obispo.

En esta ocasión, en lugar de salir corriendo, don Melchor se dedicó a buscar y rebuscar el lugar por donde había venido y por donde había desaparecido el misterioso duende, pero la búsqueda fue infructuosa. El canónigo decidió obviar el hecho, pero pocos días después se disponía a dar misa en el convento de los Afligidos y necesitaba una vestimenta apropiada al día, ordenando a un paje que fuera a la casa a buscarla. El paje, con la vestimenta bajo el brazo y cuando se disponía a cerrar la puerta de la casa para volver al convento, oyó en el interior una vocecilla curiosa que dijo: “No es ése el color de este día, vuelve a por los ornamentos que corresponden”. El paje se dio la vuelta lentamente y vio la figura de un enano burlón que rápidamente desapareció como el viento. Le contó lo ocurrido al clérigo jurando que no volvería a esa casa y don Melchor, parece ser que un tanto harto de tanto enano, decidió también abandonar el lugar.


El canónigo cedió la casa a Jerónima Perrin, una lavandera que vivía en el piso de arriba, hasta que acabase el contrato de alquiler o hasta que encontrara un piso donde alojarse. Cierto, día la mujer sedisponía a lavar unas mantas propiedad de la marquesa de Valdecañas. Hecho esto, y como era costumbre en las orillas del Manzanares, dejó la ropa oreándose al sol y al viento. Se fue a casa a comer con la intención de volver más tarde a recoger la ropa, pero cuando estaba en casa se desató una terrible tormenta que le impidió salir a por ella. Mientras miraba por la ventana de la buhardilla imaginando el enfado de la marquesa, que necesitaba la ropa para esa misma noche y a la que se conocía por su mal carácter, escuchó un portazo en el portal de la casa. Al bajar, se encontró con tres enanos empapados que portaban una cesta enorme con toda la ropa. Se dice que la lavandera, que había escuchado ya todos los rumores sobre los pequeños duendes, abandonó la casa ese mismo día.

Las historias habían llegado al Santo Oficio, quizás por los aportes clérigo. Así que la Inquisición se puso manos a la obra con el ánimo de expulsar a los demonios del lugar.


Se tomó declaración a varios testigos y se realizó una minuciosa búsqueda por todo el inmueble, hasta el último rincón, desde la cueva del sótano hasta la buhardilla que habitó la lavandera. Pero no se encontró nada ni a nadie. por ello comenzaron a pensar en espíritus diabólicos, y por orden inquisitorial, un día al atardecer, se presentó frente a la casa una comitiva religiosa presidida por el obispo de Segovia. Llevaban enormes velones, agua bendita y mucha sal. El obispo vertió sobre las paredes muchos litros de esta agua que él mismo había bendecido y muchos kilos de sal, y pronunció centenares de rezos y aleluyas con los que dio por concluido el supuesto exorcismo.

Según algunas versiones de la leyenda, los vecinos del pueblo se dirigieron a la casa con picos para derribarla; ésta, poco tiempo después, fue incendiada y cayó en el olvido. Pasaron muchos años, y, según se dice, las gentes de repente vieron abrirse una trampilla muy disimulada entre los escombros de la parte del sótano y cómo de ella salían nueve enanos, de los que se cuenta que eran falsificadores de moneda y que utilizaban la noche para salir a distribuirla.


Otra versión cuenta que, tras muchísimos años, la casa se derribó para construir el inmueble que hay hoy allí, y que los obreros, cuando llegaron a ala parte del sótano, del que desconocían su existencia, encontraron a nueve enanos demacrados entre un montón de máquinas para falsificar dinero. Según un acta de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, que estudia la arquitectura del edificio, se asegura que la moneda que falsificaban en el edificio eran doblillas de oro del Brasil y que todo fue un montaje de estos pillos que se inventaron una farsa en la que involucraron a varios enanos para atemorizar a los inquilinos y que les dejasen falsificar en paz.

Fuese como fuese, no cabe duda de que esta es una de las leyendas de Madrid más rocambolescas que podemos encontrar, con enanos, la inquisición y hasta el mismísimo Fernando VI involucrados en ella.



martes, 6 de junio de 2017

La leyenda de el pozo amargo



Noche tras noche se veían en secreto. Procuraban burlar toda vigilancia que acechara en sus encuentros. Y así estaban juntos; tan sólo la luna era cómplice de sus miradas.


Él, Fernando, había acudido presuroso tras salir de su casa sin ser visto. Aguardaba a que su madre, doña Leonor, comenzara el rezo del santo rosario, como tenía por costumbre al anochecer. Ya los criados de la noble casa también habían empezado a cerrar los portones de las estancias.

Era entonces cuando Fernando emprendía sigilosamente su camino hacia casa de la joven Raquel.


Raquel, la bella Raquel. Su amada Raquel. Hija de un acaudalado judío, vivía casi recluida en su palacete. La rigidez del padre marcaba las normas en la casa. Quizás al hebreo le hubieran llegado rumores. Acaso tuviera noticias sobre cierto joven cristiano. Leví no aceptaría amores prohibidos por la ley y menos admitiría traiciones en su casa. Por eso custodiaba y hacía custodiar las horas de su hija.


Cuando llegaba la noche y todos dormían, Raquel esperaba impaciente tras las verjas de sus habitaciones. Al oír la señal, corría a los jardines que Fernando una vez más había conseguido conquistar. Y allí, de nuevo, se declaraban su amor. Hablarían del futuro y, emocionados, contemplarían su presente juntos. Tal vez dieran gracias a cada uno a su dios por ello. Y con esto eran felices, porque no les pesaban leyes ni personas que pudieran destruir aquellos momentos.


Algo se oyó entre la maleza del jardín. Un crujir de hojas secas rompió el silencio. Fernando y Raquel se miraron sorprendidos. Los dos jóvenes permanecían mudos. Miraron a su alrededor inquietos; todo era calma. Aguardaron no obstante unos segundos: los ojos y los oídos alerta y el corazón agitado....Más el silencio de la noche les reconfortó de nuevo. No se atrevían aún a hablar, pero se sonrieron y ella suspiró aliviada cerrando los ojos de Fernando. Raquel se estremeció; sintió cómo se escurrían de entre sus dedos las manos de su amado. Y vio caer lentamente su cuerpo herido.

A Raquel se le heló la sangre. Fernando yacía muerto en el suelo. Una daga bien empuñada acertaba en su mortal punzada. Alguno de aquellos vigilantes puestos por Leví, había concluido su trabajo. De un certero golpe por la espada, habían dado muerte al joven cristiano.


Quedaba así en la casa de Leví, el honor salvado, la ley intacta y los rumores acallados. Raquel quiso despertar. Pero no era un sueño aquella visión. Estaba contemplando el más crudo horror.


Entonces la amargura se apoderó de ella; como un veneno la invadió. Y en su corazón se hizo la noche. Sentada junto al brocal del pozo del aquel jardín, Raquel pasaba largas jornadas en soledad. Lágrimas de hiel acariciaban su rostro. Brotaban incesables de su alma, y vertían amargas, caudalosas hacia las aguas del pozo que también amargo quedó.

Leyenda de

Raquel, la desconsolada Raquel, sólo deseaba llorar eternamente. Con los ojos turbios, atisbó una luz en la profundad el pozo. Era la luz de la luna reflejada. Calló su llanto y se enjugó las lágrimas. Asomada al brocal, creyó ver la imagen de Fernando. Aclaró otra vez sus ojos. Fernando la sonreía y le extendía las manos pidiendo tener las suyas. Raquel no lo dudó. Se abalanzó a fundirse en un abrazo con su amado. Su lloro ya no sería eterno. Si sería eterno ya su abrazo.



viernes, 2 de junio de 2017

La torre de los encantados



La Torre de los Encantados es una torre de vigilancia situada en el término municipal de Arenys de Mar, justo al límite con el término de Caldes d'Estrac. Situada en el Puig Castellar, en un lugar privilegiado, fue construida encima de un poblado ibérico del que se sacaron los bloques de piedra para su construcción. Los orígenes no son del todo claros, algunos estudiosos la sitúan en el siglo XI o XII. Durante el siglo XVI fue reforzada y fortificada con una corceles y una muralla a su alrededor para defenderse de los ataques constantes de los corsarios berberiscos. Durante el siglo XIX fue utilizada como estación de telegrafía óptica.


La Torre de los Encantados recibe el nombre a partir de una leyenda popular de Caldetes entre Fátima, una princesa sarracena, y en Busquets, hijo de Caldes.

Dos leyendas circulan sobre la "Torre de los Encantados"...

Una muchacha, hija de una de las familias más pobres del pueblo, desapareció sin dejar rastro. Durante muchos días todos los vecinos buscaron a la joven, sin obtener ni la mas pequeña pista de su paradero, y cuando ya todos la daban por perdida, una mañana apareció ante la puerta de su casa, llevando con ella gran cantidad de joyas y monedas de oro, suficientes para alejar la pobreza de la familia.


Contó la joven que, estando una tarde paseando cerca de los Encantados, un águila enorme se abatió sobre ella, y aprisionándola fuertemente en sus garras, pero sin causarle el menor daño, la llevo hasta el interior de la Torre. Dejó a la joven en el suelo, y en el acto, el águila se convirtió en un apuesto joven que le pidió disculpas por la forma en que la había arrebatado, y le rogó que le ayudara a deshacer el encantamiento que sufrían él y su prometida, por las malas artes de un malvado mago, envidioso del amor que se profesaban. Sólo se podría deshacer el embrujo si una joven accedía a quedar encerrada en la Torre hasta que una paloma viniera a posarse en sus manos.


La muchacha decidió quedarse y ayudar en lo posible a deshacer el terrible hechizo y el joven le prometió que de nada habría de preocuparse mientras allí estuviera.
Un ejército de duendecillos trabajaba afanosamente para mantenerlo todo perfectamente limpio y ordenado. Media docena de ellos le preparaban sabrosas comidas y otros tantos le confeccionaban suntuosos vestidos y elegantes zapatos. Además de todo eso, cada día, al despertar, encontraba sobre su almohada una espléndida joya o un puñado de monedas de oro.


Pasó mucho tiempo hasta que una mañana la muchacha vio una paloma que volaba derecha a su ventana, seguida de cerca por el águila. La paloma se acercó a ella y suavemente se posó sobre sus manos. En el mismo momento, el águila volvió a recuperar su forma humana y la paloma se transformó en una preciosa joven de dorados cabellos.


Locos de alegría por haber logrado deshacer el encantamiento, añadieron joyas y regalos a los muchos que ya tenía la joven campesina, le agradecieron mil veces su paciencia y desaparecieron, quedando la joven en libertad para volver con su familia.


lunes, 29 de mayo de 2017

El Caballo de la Laguna de Vacaras



Cuenta la leyenda andaluza que existía una laguna cerca del pico Veleta, en Sierra Nevada, donde sus aguas descansaban heladas y cristalinas. Muchos eran los que a bien seguro afirmaron ver brujas y magos y sucesos extraños en su presencia alertando a todos de que no se acercaran por aquellos parajes.


Fue un día cuando un pastor buscaba sus ovejas perdidas hasta el anochecer, donde acabó en la misma orilla de la laguna y donde percibió unas extrañas y fuertes voces. Escondido entre arbustos intentó con temor contemplar lo que sucedía y fue que vio dos hombres, uno con ropas largas y un libro entre sus manos, de aspecto erudito y el otro más joven y erguido, como expectante con una red en sus manos. 

Fue que el supuesto mago leyó un párrafo en un lenguaje desconocido y posteriormente le dijo al joven- ya puedes lanzar la red- Al poco ésta se llenó y entre los dos hombres arrastraron la red hasta sacarla del agua. Para asombro del pastor la red había atrapado a un caballo negro que los dos hombres habían sacado de la laguna y escuchó al mago que decía- No es el que buscamos, déjalo ir- y volvieron a repetir el mismo proceso, atrapando esta vez otro caballo que tampoco parecía cumplir las expectativas. 


Fue a la tercera vez cuando un caballo de un blanco reluciente quedó atrapado en la red y fue cuando el mago dijo- Este es el caballo que queremos, ya podemos irnos- El pastor observó como por turnos los dos hombres le susurraban algo al caballo y posteriormente se montaron y partieron volando por los aires. Desde aquel día muchos fueron con su red a intentar demostrar si era cierta la historia del pastor pero ninguno obtuvo resultado alguno y desde aquel día nada se supo ni se volvió a ver a ninguno de los dos extraños individuos que surcaron los cielos con un caballo alado atrapado en una laguna de Andalucía


jueves, 25 de mayo de 2017

El paso honroso



Al anochecer del día uno de enero de 1434 se encontraban en la sala principal del castillo de la Mota —en Medina del Campo (Valladolid)— el rey Juan II de Castilla, su esposa Doña María, el príncipe heredero Don Enrique, el maestre de la Orden de Santiago, el condestable de Castilla y un buen número de magnates, caballeros y clérigos. Sin previo aviso entró en la sala el caballero Suero de Quiñones llevando una argolla de hierro rodeando su cuello; venía acompañado por nueve caballeros, todos ellos provistos de sus armaduras.


Don Suero solicitó formalmente al rey su permiso para cumplir con un voto de amor que le había hecho a su dama Doña Leonor de Tovar. El voto consistía en que cada jueves llevaría puesta la argolla de hierro hasta que se librase de su “prisión”. Conseguiría dicha “liberación” si culminaba con vida un paso honroso de armas —un ritual de combate individual a caballo— y después peregrinaba a Santiago de Compostela.


Para celebrar dicho paso honroso de armas Quiñones solicitaba al rey la autorización para situarse en uno de los lugares más transitados del reino —el puente de Hospital de Orbigo (León), en el Camino de Santiago— e impedir el paso a cualquier caballero que quisiera atravesarlo. Como iban a ser muchos los caballeros que trataran de atravesarlo, intervervendrían también en la defensa los otros nueve caballeros que lo defenderían junto a el. Suero de Quiñones y los compañeros caballeros pretendían realizar la prueba a lo largo de todo un mes, entre quince días antes y quince días después del día 25 de julio (que es cuando se celebra la festividad de Santiago apóstol).


Los diez “caballeros mantenedores” del paso honroso presentaron al rey un “capítulo” —es decir, unas normas de actuación— en el que se imponían la obligación de “romper” un total de trescientas lanzas —reventar las lanzas en la lucha, derribar al oponente de su montura o hacerle sangre— contra todos los “caballeros aventureros” que allí se presentaran. Al tratarse de un lugar y de unas fechas muy concurridos, el rey se tomó un tiempo para deliberar con sus consejeros acerca de la solicitud; finalmente otorgó su autorización. En la corte de Castilla, al igual que en las demás cortes medievales, había un caballero con el cargo de “Rey de armas”, dedicado a registrar los hechos de los caballeros para decidir los premios y castigos, así como para elaborar la heráldica y organizar los torneos; por ello el rey le encargó a su Rey de armas llevar los capítulos del desafío que preparaba Don Suero a las cortes de numerosos magnates —incluido al rey de Aragón— para que se dieran a conocer. La convocatoria resultó un gran éxito, pues la noticia se extendió no solo por la Península, si no por gran parte de Europa.


Durante las semanas previas al acontecimiento, carpinteros contratados por el padre de Don Suero de Quiñones se dedicaron a talar madera y preparar tablones para la construcción de tribunas para el público asistente y pasarelas en las que se pudieran celebrar los combates. Se montaron también veintidós tiendas de campaña para albergar a los caballeros, oficiales, escribientes, herreros, escuderos, sastres, armeros, caballerizos… que tomaran parte.


Con el fin de que los caballeros aventureros que acudieran no se extraviasen, los empleados de la familia Quiñones colocaron en el puente de San Marcos de la ciudad de León la estatua de un heraldo señalando el camino hacia Puente de Órbigo.

Un caballero alemán y dos valencianos se presentaron el 10 de julio de 1434 para participar en el passo. Los tres debieron entregar sus espuelas derechas, que fueron colgadas y exhibidas en un paño hasta que finalizaran sus combates.Se creó una cierta tensión entre los tres caballeros pues todos querían ser los primeros en combatir; además, después de haber viajado desde tan lejos ninguno quería dejar de luchar contra Suero; esto último tampoco era posible, pues según el capítulo eran diez los caballeros quienes mantendrían el passo.


Adicionalmente, el capítulo octavo de los reglamentos del paso de armas establecía explícitamente que los caballeros aventureros no sabrían contra quien luchaban y no preguntarían el nombre del contrincante hasta haber finalizado el combate. Los jueces del paso honroso eran unos caballeros veteranos encargados de fijar el orden de los combates; para ello estaba previsto que dialogaran con los mantenedores acerca de quién luchaba cada vez.

A diferencia de los espectáculos deportivos actuales, la reglas del paso honroso eran muy estrictas y se aplicaban con criterios draconianos. Durante la acometida de su señor, el paje de uno de los caballeros mantenedores gritó, entusiasmado: “¡A él, a él!” Al darse cuenta de ello los jueces del paso de armas, estos ordenaron a los oficiales del rey que apresaran al paje y le cortaran la lengua. Los caballeros participantes reaccionaron rogando a los jueces que mitigaran el castigo, pues entendían que el paje se había dejado llevar por la emoción del espectáculo. Ante la insistencia de los protagonistas del passo, los jueces decidieron sustituir el castigo por treinta “buenos palos” —una paliza en toda regla— y un corto periodo de estancia en prisión (con lo que también se perdería el resto del espectáculo). Es de imaginar que el resto del passo honroso se celebró en el más escrupuloso silencio.


El paso de armas se realizaba conforme a un estricto ceremonial. Las comunicaciones se hacían por escrito, siendo traídas y llevadas solemnemente por el rey de armas y los heraldos que circulaban entre los caballeros y los jueces; todo esto era certificado por el notario del reino, que iba recogiendo los acontecimientos. Cada día comenzaba la jornada del paso de armas con una misa solemne y finalizaba con un festín en el que participaban todos los caballeros asistentes. Tan estricta normativa no impidió que la rivalidad fuera máxima y que los caballeros mantenedores trataran de emplear las normas para evitar ciertos encuentros con los caballeros aventureros más peligrosos. Por su parte, unos caballeros venidos desde muy lejos con el afán de acrecentar su reputación merced a éste acontecimiento tan famoso emplearon todos los medios para tratar de poner en ridículo a Suero y a sus compañeros.

Un día los jueces avistaron dos damas por las cercanías del puente, por lo que enviaron al rey de armas y al heraldo para comprobar si dichas damas eran nobles y si iban acompañadas por algún caballero que las defendiera —pues según las normas del capitulo del paso de armas, toda dama que pasara a media legua del lugar debería de entregar su guante derecho si algún caballero no luchaba por ella—. Ante la pregunta las damas respondieron que efectivamente eran nobles, que iban acompañadas por un caballero y que se encontraban de peregrinación a Santiago de Compostela, pero que el caballeroque que las acompañaba no estaba en disposición de luchar; enterado de esta circunstancia uno de los caballeros aventureros que estaba aguardando a que le tocara su turno para luchar se ofreció para peler por ellas; así se hizo, devolviéndose el guante a cada una de las damas.


Se fueron sucediendo los combates del paso honroso, hasta que el 6 de agosto Suero se enfrentó al caballero catalán Esberte de Claramente. En la novena carrera la lanza de Suero alcanzó a su adversario en el ojo izquierdo —que salió despedido fuera del casco— cayendo el jinete de su montura. El desgraciado Esberte murió, plenteándose el problema de en donde se le enterraba; finalmente, el cuerpo debió de enterrarse en una ermita no consagrada, pues el obispo de Astorga prohibió expresamente que fuera sepultado en lugar sagrado, ya que la Iglesia prohibía estos espectáculos caballerescos. Tres días después finalizaría el paso de armas sin que se hubieran llegado a romper las trescientas lanzas.

La convocatoria había alcanzado tales proporciones que eran numerosísimos los caballeros esperando para combatir con Don Suero, número acrecentado con aquellos que llegaron fuera del plazo marcado en el capítulo. Dado que Don Suero y sus compañeros se habían convertido en auténticas celebridades, los caballeros que no habían podido luchar se negaban a irse, pero no obtuvieron éxito pues los caballeros mantenedores del paso de armas emplearon toda clase de subterfugios para evitar nuevos combates; por lo visto, la experiencia les había dejado sin ganas de seguir arriesgando la vida con todos aquellos que deseaban hacerse un nombre a su costa.


Don Suero realizó seguidamente la peregrinación a Compostela, volvió liberado de su “prisión” y se casó con su amada. Con ella tuvo dos hijos. El famoso Don Suero de Quiñones moriría veintidós años después de forma alevosa, asesinado por unos secuaces de Gutierre de Quijado caballero con quien mantenía disputas.

lunes, 22 de mayo de 2017

La leyenda de la Reina Loba



Cuentan que, en la provincia de Orense, vivió una poderosa mujer, tan cruel y soberbia, que era llamada por los campesinos de su señorío, ""la Reina Loba"".

Para su manutención y la de sus allegados, (tan despiadados como ella misma), obligaba a sus súbditos a entregarle, cada día, una vaca, un cerdo, y una carreta llena de otros alimentos.


Las familias campesinas se turnaban en esta entrega de vituallas, por miedo a los servidores de la Loba, que arrasaban e incendiaban casas y cosechas, y asesinaban a todos los habitantes de las aldeas en las que alguna familia se hubiese negado a entregar lo que se les reclamaba.

En este clima de terror vivía la comarca entera, cuando le llegó el turno de entregar los alimentos al pueblo de Figueirós. Sus vecinos se reunieron en asamblea, y decidieron no pagar un tributo que les arruinaba .

Pero decir ""no pagaremos"", no era suficiente, porque la reina mandaría contra ellos a sus huestes, y serían perseguidos y muertos.

Decidieron que si habían de morir de hambre o a manos de los sicarios de la Loba, mejor era morir combatiendo contra ella, así que se armaron lo mejor que pudieron.


Hicieron lanzas y jabalinas, arcos y flechas, tomaron piedras y garrotes, y en la oscuridad de la noche, se pusieron en marcha hacia el castillo de la malvada mujer.

La Loba y sus secuaces, dormían. Fiados en el terror que infundían en la comarca, descuidaron la vigilancia. Nunca nadie se había atrevido a desafiar su poder, ni contaban con que tal cosa pudiera suceder.

Sigilosamente, los vecinos de Figueirós, treparon murallas y abrieron puertas sorprendiendo a los sicarios de la Loba.

Un breve, pero encarnizado combate, dio la victoria a los lugareños, que se lanzaron escaleras arriba en busca de su opresora.

La Loba, se había refugiado en la torre más alta, pero ninguna puerta era lo bastante segura para resistir a los decididos asaltantes.

Cuando vio caer su última defensa ante el empuje de sus enemigos, y no queriendo someterse a quienes ella consideraba sus esclavos.

la Loba corrió hacia la ventana y se arrojó al vacío, muriendo destrozada sobre las rocas.


Con su muerte, acabó el suplicio de los habitantes de la comarca, que recordaron durante siglos, en romances y canciones, el valor de los vecinos de Figueirós.